Una contienda marcada por la fragmentación y la apatía
A poco más de un mes de las elecciones presidenciales del 13 de abril, el panorama político peruano se presenta tan fragmentado como incierto. Según las encuestas más recientes reportadas por Reuters, dos figuras de la derecha peruana —Keiko Fujimori, hija del expresidente encarcelado Alberto Fujimori, y Rafael López Aliaga, exalcalde de Lima— encabezan las preferencias electorales, pero con cifras que difícilmente podrían considerarse contundentes.
Lo más revelador no es quién lidera, sino cuántos peruanos aún no han decidido por quién votar. La indecisión masiva del electorado refleja un hartazgo profundo con la clase política, un fenómeno que no es nuevo en el Perú pero que en este ciclo electoral alcanza dimensiones particularmente preocupantes.
Keiko Fujimori: la eterna candidata busca su revancha
Keiko Fujimori, líder de Fuerza Popular, se presenta por cuarta vez a la presidencia del Perú. Su trayectoria electoral es una montaña rusa de casi victorias y derrotas dolorosas: perdió en segunda vuelta en 2011 ante Ollanta Humala y en 2016 ante Pedro Pablo Kuczynski, y fue derrotada nuevamente en 2021 por Pedro Castillo en una de las elecciones más polarizadas de la historia reciente del país.
Su capital político descansa en gran medida en la herencia de su padre, Alberto Fujimori, quien gobernó Perú entre 1990 y 2000 y fue condenado por violaciones a los derechos humanos y corrupción. Para un sector significativo del electorado peruano, especialmente en zonas urbanas y populares, el fujimorismo representa orden y mano dura. Para otro sector igualmente importante, representa autoritarismo y los peores excesos del poder.
Que Keiko lidere las encuestas con cifras modestas dice tanto sobre su persistente base electoral como sobre la incapacidad del resto del espectro político para articular una alternativa convincente.
López Aliaga: el conservadurismo religioso como propuesta
Rafael López Aliaga, del partido Renovación Popular, representa una vertiente distinta de la derecha peruana. Empresario y político de marcado conservadurismo social y religioso, López Aliaga ganó notoriedad como alcalde de Lima y ha construido su discurso en torno a valores tradicionales, seguridad ciudadana y una retórica antisistema que, paradójicamente, proviene de un hombre de considerable fortuna.
Su presencia en los primeros lugares de las encuestas confirma una tendencia que se observa en varios países de América Latina: el ascenso de figuras de derecha que combinan liberalismo económico con conservadurismo social, apelando a un electorado que se siente amenazado tanto por la inseguridad como por los cambios culturales.
La verdadera pregunta no es quién lidera las encuestas hoy, sino si alguno de los candidatos logrará conectar con ese vasto océano de indecisos que, a semanas de la elección, sigue sin encontrar una opción que lo convenza.
La indecisión como síntoma de una crisis más profunda
Que la mayoría de los peruanos no haya definido su voto a pocas semanas de la elección no es simplemente una anécdota electoral. Es el síntoma de una crisis de representación política que lleva años gestándose. Perú ha tenido seis presidentes en los últimos cinco años, ha visto a múltiples mandatarios enfrentar procesos judiciales, y ha experimentado crisis institucionales que han erosionado la confianza ciudadana en prácticamente todas las instituciones del Estado.
El Congreso peruano, con índices de aprobación que históricamente rozan el fondo, no ha ayudado a restaurar esa confianza. Las decisiones legislativas percibidas como autorreferenciales y alejadas de las necesidades reales de la población han profundizado el divorcio entre representantes y representados.
En este contexto, la indecisión masiva del electorado puede interpretarse de múltiples formas. Desde una lectura optimista, podría verse como una ciudadanía más exigente que se niega a entregar su voto a la ligera. Desde una perspectiva más preocupante, refleja la ausencia de liderazgos capaces de articular un proyecto de país que trascienda las promesas de campaña y los intereses partidarios.
¿Qué está en juego el 13 de abril?
Las elecciones de abril se celebran en un contexto de desaceleración económica regional, inseguridad ciudadana creciente y una crisis migratoria que ha transformado la composición social de varias ciudades peruanas. Quien llegue a Palacio de Gobierno enfrentará desafíos que requieren no solo voluntad política, sino capacidad de construir consensos en un país profundamente dividido.
La fragmentación del voto hace altamente probable una segunda vuelta, lo que prolongaría la incertidumbre política y obligaría a alianzas que podrían redefinir los programas de gobierno de los finalistas. En Perú, las segundas vueltas suelen ser más referéndums contra un candidato que elecciones a favor de otro, un patrón que favorece la polarización sobre el debate programático.
Para los electores peruanos, el desafío es doble: elegir en un menú que muchos consideran insatisfactorio, y hacerlo con la conciencia de que la estabilidad institucional del país depende, en buena medida, de que el próximo gobierno logre algo que sus predecesores no pudieron: completar su mandato sin crisis existenciales.
Más allá de las encuestas
Las encuestas son fotografías de un momento, no profecías. En un electorado tan volátil como el peruano, donde los cambios de preferencia pueden ser abruptos y dramáticos, los números actuales son apenas indicativos. Lo que sí resulta claro es que Perú necesita más que un presidente: necesita un pacto social renovado que devuelva legitimidad a sus instituciones y esperanza a sus ciudadanos.
Que ese pacto emerja de esta elección es, quizás, la mayor incógnita de todas.