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El Congreso de Perú destituye al presidente José Jerí tras solo cuatro meses en el cargo

El Congreso de Perú destituye al presidente José Jerí tras solo cuatro meses en el cargo

Reuniones no declaradas con empresarios chinos desataron el escándalo que terminó con su breve mandato interino

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La crisis institucional peruana suma un nuevo capítulo. El Congreso de la República ha destituido al presidente interino José Jerí tras apenas cuatro meses en funciones, en una decisión que profundiza la inestabilidad política que arrastra el país desde hace años. El detonante: reuniones secretas con empresarios chinos que Jerí nunca declaró oficialmente.

Un escándalo que estalló con videos filtrados

El caso comenzó a tomar forma el mes pasado, cuando se filtraron videos que mostraban al entonces presidente reuniéndose con hombres de negocios de origen chino en circunstancias que no figuraban en su agenda oficial. Las imágenes, difundidas inicialmente por medios locales, generaron un terremoto político inmediato.

La falta de transparencia en estas reuniones encendió todas las alarmas en un país donde la desconfianza hacia la clase política alcanza niveles históricos. ¿Qué se discutió en esas reuniones? ¿Hubo compromisos económicos o comerciales de por medio? ¿Por qué se ocultaron deliberadamente?

Estas preguntas, que la ciudadanía se formuló desde el primer momento, fueron también las que el Congreso planteó formalmente antes de proceder con la destitución. La opacidad de Jerí resultó ser su sentencia política.

Un Congreso que actúa rápido cuando le conviene

La votación en el pleno legislativo fue contundente. Los parlamentarios, en una rara muestra de consenso transversal, decidieron que la conducta del presidente interino era incompatible con el cargo. La figura de la vacancia presidencial, tan recurrente en la política peruana reciente, volvió a activarse con una velocidad que contrasta con la lentitud del Congreso para abordar reformas estructurales.

Perú ha tenido seis presidentes en los últimos cinco años, una rotación sin precedentes que refleja una crisis sistémica de gobernabilidad que trasciende a cualquier individuo.

Es inevitable preguntarse si esta celeridad responde genuinamente a un compromiso con la transparencia o si, como han señalado diversos analistas, el Congreso utiliza la vacancia como herramienta de control político. Ambas lecturas tienen fundamento.

Por un lado, es razonable exigir total transparencia a quien ocupa la más alta magistratura del país. Ocultar reuniones con actores extranjeros, sean del país que sean, constituye una falta grave en cualquier democracia. Por otro lado, la facilidad con que el Parlamento peruano destituye presidentes ha generado un ciclo de inestabilidad que debilita las instituciones y ahuyenta la inversión.

El contexto geopolítico no es menor

El hecho de que los empresarios involucrados sean de origen chino añade una capa adicional de complejidad al escándalo. China es el principal socio comercial de Perú, con intercambios que superan los 30 mil millones de dólares anuales. La relación bilateral incluye inversiones mineras significativas y el megapuerto de Chancay, inaugurado recientemente con presencia del presidente Xi Jinping.

En este contexto, las reuniones no declaradas de Jerí no son simplemente un problema de agenda oculta. Tocan fibras sensibles de soberanía, política exterior y relaciones económicas estratégicas. La pregunta sobre qué intereses estaban en juego resulta legítima y urgente.

Sin embargo, también es necesario evitar caer en narrativas simplistas que demonicen cualquier contacto con actores chinos. La diplomacia económica requiere interacción constante. El problema no es reunirse, sino esconderlo.

La puerta giratoria presidencial y sus consecuencias

Con la salida de Jerí, Perú enfrenta nuevamente el desafío de encontrar estabilidad en la cúspide del poder. La sucesión, determinada por el orden constitucional, activa una vez más un mecanismo que el país conoce demasiado bien.

Las consecuencias de esta rotación permanente son profundas y mensurables. Los programas sociales pierden continuidad. Las negociaciones internacionales se complican cuando los interlocutores cambian cada pocos meses. La burocracia estatal, sometida a constantes cambios de dirección, se paraliza o se refugia en la inercia.

La verdadera tragedia no es que caiga un presidente más, sino que el sistema político peruano parece incapaz de producir gobernabilidad sostenida.

Desde una perspectiva progresista, urge preguntarse si el marco constitucional actual es funcional. La facilidad para vacar presidentes, combinada con un Congreso fragmentado y una clase política desprestigiada, ha creado un ecosistema donde la inestabilidad es la norma, no la excepción.

¿Hacia dónde va Perú?

La destitución de Jerí plantea interrogantes que van mucho más allá de su persona. ¿Es posible construir institucionalidad democrática cuando la presidencia se ha convertido en un cargo de altísima rotación? ¿Puede un país atraer inversión seria y desarrollar políticas públicas de largo plazo en estas condiciones?

Las encuestas consistentemente muestran que más del 80% de los peruanos desaprueba tanto al Congreso como al Ejecutivo. Esta doble desaprobación revela un divorcio profundo entre representantes y representados que ninguna vacancia presidencial va a resolver.

Lo que Perú necesita no es otro presidente interino que sobreviva unos meses, sino un pacto político mínimo que permita completar mandatos y ejecutar políticas. Mientras eso no ocurra, la puerta giratoria seguirá funcionando, y cada nuevo ocupante del sillón presidencial será, como Jerí, un nombre más en una lista que crece sin parar.

La transparencia importa, sin duda. Pero también importa que un país pueda gobernarse a sí mismo.